Lo que las fotos no explican

Artículo de opinión de Laia Moliné (Consejera General del PS)

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por el autor La Veu Lliure
4 minutos de lectura
Publicado el Sábado, 7 Febrero 2026 - 15:32

Andorra ha recibido la visita de una delegación parlamentaria de San Marino. A primera vista, puede parecer un encuentro institucional más. Pero la realidad es otra: este tipo de visitas tienen mucho que ver con nuestro día a día, con cómo vivimos, trabajamos y proyectamos el país hacia el futuro.

Hablo desde una doble mirada. He trabajado —y lo soy profesionalmente— como diplomática de Andorra, pero hoy escribo como consejera general y miembro de la Comisión de Política Exterior. Esta experiencia me obliga a decirlo con claridad: la política internacional solo tiene sentido si es útil. Útil para la ciudadanía. Útil para dar respuestas concretas a realidades concretas. Y este debe ser siempre el motivo que la guíe.

Con los representantes de San Marino iniciamos la visita en Casa de la Vall. No solo para hacer una foto —que también—, sino como punto de partida para hablar de continuidad institucional, soberanía y futuro. Hablamos, sobre todo, de lo que significa ser países de pequeña dimensión en un entorno complejo: límites al crecimiento, economías abiertas, una fuerte dependencia de los países vecinos y la necesidad constante de equilibrar identidad propia e integración exterior. Esta es, probablemente, la mejor definición de soberanía hoy: decidir por uno mismo sin quedar al margen del mundo.

Las problemáticas que compartimos con San Marino son fácilmente reconocibles para cualquier ciudadano andorrano. Ellos conviven a diario con Italia; nosotros, con Francia y España. Esta realidad implica una movilidad constante de trabajadores, estudiantes y empresas, pero también tensiones inevitables. Pensemos, por ejemplo, en todo lo que conlleva el acceso a servicios sanitarios especializados, el transporte transfronterizo o la dependencia de infraestructuras que no controlamos directamente. Son cuestiones muy concretas que condicionan la vida cotidiana de miles de personas.

San Marino ha vivido —una expresión que nos resulta familiar— un proceso de adaptación gradual de su modelo económico a un entorno internacional cada vez más interconectado. Su economía, muy abierta y estrechamente vinculada a Italia, pone de relieve la importancia de gestionar con cuidado las relaciones con los territorios vecinos y de disponer de marcos estables de cooperación.

Este contexto ha alimentado el debate sobre cómo reforzar la competitividad, consolidar sectores con valor añadido y avanzar hacia un encaje europeo que aporte más seguridad y previsibilidad. Para Andorra, que afronta retos muy similares —aunque con una estructura económica distinta y sin una base industrial propia—, esta experiencia ofrece elementos de análisis especialmente relevantes.

Uno de los temas centrales de la visita ha sido, inevitablemente, la relación con la Unión Europea. Tanto Andorra como San Marino han buscado en el Acuerdo de asociación algo muy sencillo: poder relacionarse con Europa y aprovechar sus oportunidades —en movilidad, economía, derechos y programas— sin perder el control sobre las decisiones clave que definen el modelo de país. Y esto solo es posible partiendo del respeto y del conocimiento profundo de nuestra realidad. O, como lo expresan con gran precisión desde San Marino: integrar sin homogeneizar.

Este debate tampoco es teórico. Tiene consecuencias muy prácticas. Hablamos de jóvenes que estudian fuera y quieren hacerlo sin obstáculos administrativos. Hablamos de empresas que necesitan seguridad jurídica para operar en un entorno europeo cada vez más regulado. Hablamos de derechos sociales, de protección laboral y de servicios públicos sostenibles en sociedades pequeñas y progresivamente envejecidas. La política exterior es precisamente esto: crear las condiciones para que la vida cotidiana sea un poco más fácil y un poco más justa.

San Marino también ha afrontado debates sociales que en Andorra conocemos bien: derechos reproductivos, adaptación de la legislación a una sociedad cambiante, el equilibrio entre tradición institucional y derechos individuales. No se trata de imitar modelos, sino de entender cómo otros países con realidades similares han gestionado procesos complejos, qué errores han podido evitar y qué tensiones han tenido que asumir.

Intercambiar con San Marino nos permite hablar de todo ello sin filtros ni discursos grandilocuentes. Nos permite contrastar soluciones, compartir dudas y defender mejor nuestros intereses en el contexto internacional. Y nos recuerda una idea fundamental: la voz de los Estados de pequeña dimensión territorial cuenta, especialmente cuando se expresa con claridad, cooperación y voluntad de consenso.

La política exterior no es un espacio ajeno a la ciudadanía, sino una herramienta al servicio del país. Bien enfocada, permite proteger los intereses colectivos y reforzar la proyección de Andorra y de sus ciudadanos. Este es el criterio que debería guiar cada reunión y cada relación institucional.

 

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