EDITORIAL | Cuando el exjefe de Gobierno juega a gobernar sin apoyo ciudadano

Artículo de opinión de Joel Picón

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por el autor La Veu Lliure
3 minutos de lectura
Publicado el Martes, 3 Febrero 2026 - 16:26

Hay una frontera clara entre opinar y gobernar. Y en Andorra, Jaume Bartumeu lleva tiempo cruzándola con una naturalidad inquietante. El artículo que ha publicado recientemente es un ejemplo paradigmático: un exjefe de Gobierno que ya no tiene ninguna responsabilidad ejecutiva hablando como si dirigiera la política exterior del país, como si tuviera competencias, como si su mandato popular aún lo amparara.

La pregunta es inevitable: ¿dónde está la ministra competente? ¿Dónde está el secretario de Estado? ¿Dónde está el jefe de Gobierno actual? Porque Bartumeu habla, viaja, negocia y doctriniza como si el Estado le perteneciera por derecho moral. Y no: en una democracia, el poder no es hereditario ni vitalicio. Se ejerce con mandato, límites y control.

El relato que construye es el de un socialismo woke, paternalista y profundamente elitista, convencido de que la ciudadanía no sabe lo que le conviene y que, por tanto, hay que guiarla hacia Europa casi a escondidas, entre tecnicismos y discursos moralizantes. Bartumeu no habla de decidir: habla de “explicar mejor” para que la gente acabe aceptando lo que él ya ha decidido.

Es especialmente grave que presente la vinculación con la Unión Europea como una opción unilateral, inevitable y casi sagrada, menospreciando cualquier duda como ignorancia o mala fe. Esto no es europeísmo: es dogmatismo. Europa no puede ser una religión civil ni un proyecto impuesto desde los despachos de siempre, por los de siempre.

Fuentes políticas de San Marino, consultadas por La Veu Lliure, apuntan que Bartumeu fue más a celebrar anticipadamente una firma que aún no existe que a explicar la incómoda realidad de Andorra: que no se ha convocado ningún referéndum y que el apoyo social al acuerdo es, como mínimo, discutible según las últimas encuestas.

Las mismas fuentes destacan la sorpresa por la actitud triunfalista de un actor sin cargo institucional, que hablaba como si el camino ya estuviera decidido y solo faltara “ratificarlo”.

Además, el viaje —según ha podido constatar este medio— no figuraba en la agenda oficial de la Secretaría de Estado correspondiente y habría sido financiado supuestamente por la madrina, un hecho que, de confirmarse, sería sencillamente una vergüenza democrática.

Bartumeu parece decidido a colgarse medallas que no le corresponden, ignorando deliberadamente que él inició unas negociaciones que hoy ya no cuentan con el mismo aval popular, pero que continúa vendiendo en el exterior como si el pueblo andorrano no tuviera nada que decir. Esto no es liderazgo europeo: es menospreciar la soberanía ciudadana.

Mientras Bartumeu pone a San Marino como ejemplo de transparencia y participación, omite deliberadamente que en Andorra el proceso se ha llevado a cabo sin un debate real, sin pedagogía honesta, sin un consentimiento manifiesto y explícito de la ciudadanía. Y ante esto, en lugar de exigir humildemente más democracia, Bartumeu opta por señalar, dividir y desacreditar.

Aún más preocupante es esta voluntad de patrimonializar el acuerdo, de hablar en nombre del país sin representarlo. Un exjefe de Gobierno no puede vender Andorra a la UE, ni simbólica ni políticamente, como si fuera una propiedad privada o un legado personal. La soberanía no es “ilusoria” porque lo diga Bartumeu: es real mientras los ciudadanos tengan voz y voto.

Andorra no necesita salvadores ilustrados ni comisarios ideológicos del bien común. Necesita instituciones que funcionen, responsables políticos que den la cara y procesos transparentes sometidos al veredicto popular. Todo lo que se aleje de esto es ruido… y arrogancia.

 

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