El col·lectivo ‘Faveles de Luxe’ critica las torres y alerta sobre su impacto en la salud mental
Reclaman un urbanismo más humano y participativo, aunque sin proponer alternativas inmediatas
La escasez de suelo urbanizable en las parroquias centrales y del sur ha convertido la verticalización de la construcción en una solución recurrente en los últimos años.
Las torres, cada vez más visibles en el Principado, pueden parecer eficientes sobre el papel, pero, según el col·lectivo Faveles de Luxe, “un país no es un plano y el núcleo urbano de una parroquia no debería ser una operación matemática ni un juego de Monopoly”.
El colectivo sostiene que cada decisión urbanística tiene efectos psicológicos, sociales, culturales y políticos que trascienden el skyline o la propiedad privada.
La relación visual
La relación visual con la vall, la luz y los picos de montaña influye directamente en cómo los ciudadanos viven y se perciben dentro del territorio. Cuando los volúmenes construidos alteran esta relación, el cambio no es solo estético, sino también psicológico.
Para Faveles de Luxe, vivir en altura no significa únicamente estar más arriba: afecta de manera directa a la salud mental, la convivencia y la identidad colectiva.
“La propiedad es privada, pero el paisaje debería ser un derecho colectivo”, afirman, alertando que, sin una ley de paisaje urbano, las alturas impuestas podrían generar éxodos y problemas de salud.
Estudios ambientales
Estudios de psicología ambiental, como los de Robert Gifford y Oscar Newman, muestran que la forma del espacio condiciona la satisfacción residencial, los vínculos sociales, la percepción de seguridad y la calidad de la convivencia. En un país montañoso y de dimensiones reducidas como Andorra, el impacto es especialmente sensible, ya que el paisaje forma parte de la identidad emocional y económica del país.
El colectivo aboga por que la mediación y el diálogo se conviertan en herramientas de gobernanza más allá de la simple consulta, para escuchar intereses diversos, reconocer conflictos y construir acuerdos socialmente asumidos. “Hay que preguntarse hasta dónde queremos crecer y cómo queremos desarrollarnos como sociedad”, explican.
La cuestión central no es si Andorra debe construir en altura, sino qué país quiere ser con el modelo de construcción actual. Solo asumiendo que la verticalización tiene impactos sociales y personales, aseguran, se podrá gestionar de manera responsable el futuro urbanístico del Principado.