Si te suben los precios, ¿de verdad crees que el culpable es quien abre la persiana cada mañana?
Artículo de opinión de David Izquierdo (@dvizzpress)
Hay una escena que se repite en casi todos los países cuando la inflación aprieta: la compra cuesta más, el combustible sube, la factura de la luz se dispara y el ciudadano, con razón, siente que cada mes puede permitirse menos cosas.
Entonces aparece una explicación rápida, sencilla y políticamente rentable: “la culpa es de los empresarios”. Pero merece la pena detenerse un momento y hacerse una pregunta incómoda.
Si el empresario tiene tanto poder para subir los precios cuando quiere, ¿por qué no los subió hace cinco años? ¿Por qué no decidió duplicar el precio del pan, del café o de una reparación cuando la economía estaba estable?
La respuesta es evidente: porque no puede hacerlo arbitrariamente. Un negocio vive de sus clientes. Si sube sus precios sin que exista un aumento real de costes, corre el riesgo de perder ventas frente a la competencia. El mercado no es un cheque en blanco; es una lucha diaria por sobrevivir.
El relato conveniente
Sin embargo, culpar al empresario tiene una enorme ventaja para el poder político: desvía la atención. Cuando un gobierno incrementa impuestos, encarece la energía, eleva cotizaciones sociales, multiplica regulaciones y aumenta el gasto público hasta niveles difíciles de sostener, está introduciendo presión sobre toda la economía. El transportista paga más por el combustible. El agricultor paga más por producir.
El restaurante paga más por la electricidad. El autónomo paga más por contratar. Y, finalmente, el consumidor paga más por todo.
Pero reconocer esto implicaría admitir que las decisiones políticas tienen consecuencias. Es mucho más cómodo señalar al comerciante de la esquina que explicar cómo determinadas políticas monetarias y fiscales erosionan el poder adquisitivo de millones de personas.
El enemigo equivocado
Piensa en el pequeño empresario que abre su tienda a las ocho de la mañana. Piensa en el autónomo que trabaja fines de semana para llegar a fin de mes. Piensa en el emprendedor que hipotecó sus ahorros para sacar adelante un proyecto.
¿De verdad creemos que ese es el gran responsable de que la cesta de la compra sea más cara?
Es más fácil odiar a quien tiene un negocio visible que cuestionar estructuras económicas complejas. Pero la realidad suele ser menos emocional y más contundente: la mayoría de los pequeños empresarios no suben precios para hacerse ricos; los suben para no cerrar.
Y cuando un negocio cierra, no desaparece un “especulador”. Desaparece un empleo, un servicio y una fuente de ingresos para una familia.
La gran contradicción
Resulta curioso que se acuse al empresario de “codicioso” precisamente cuando muchos de ellos están viendo reducirse sus márgenes.
Si la electricidad sube un 30 %, el alquiler un 10 %, los seguros un 15 % y las cotizaciones otro tanto, mantener el mismo precio significa ganar menos. En muchos sectores, los beneficios reales han caído mientras la presión sobre el negocio ha aumentado.
Sin embargo, el discurso oficial suele presentar al empresario como si viviera al margen de la inflación, como si fuera inmune a los costes que afectan al resto de ciudadanos.
No lo es. La sufre primero.
La pregunta que debería hacernos reflexionar
La próxima vez que veas que el precio de un producto ha subido, pregúntate:
¿Quién imprime dinero?
¿Quién aprueba presupuestos deficitarios?
¿Quién decide los impuestos sobre la energía?
¿Quién regula los costes laborales?
¿Quién encarece la actividad económica mediante nuevas cargas y obligaciones?
El autónomo no hace ninguna de esas cosas.
El emprendedor tampoco.El pequeño empresario, menos aún.
Nos han acostumbrado a pensar que quien vende es el responsable de que todo sea más caro. Pero quizá el verdadero ejercicio de reflexión consista en mirar no al último eslabón de la cadena, sino al primero.
Porque cuando un gobierno convierte producir, contratar, transportar o invertir en algo cada vez más costoso, el precio final no es una decisión caprichosa del empresario: es la consecuencia inevitable de un sistema que encarece todo lo que toca.
Y tal vez la pregunta más importante no sea por qué el comerciante ha subido el precio, sino por qué las políticas públicas han hecho que mantener ese precio sea imposible.
Ahí empieza el debate que muchos prefieren evitar.