EDITORIAL | Más libertad de prensa en Andorra: ¿mérito colectivo o cambio de ciclo?
Artículo de opinión de Joel Picón
Andorra ha subido cinco posiciones en el ranking mundial de libertad de prensa elaborado por Reporters Without Borders. Una mejora significativa que consolida la tendencia positiva de los últimos dos años, en los que el país ha pasado de situarse alrededor del puesto 72 al 60. Un avance que invita a hacerse una pregunta clave: ¿qué ha cambiado realmente en tan poco tiempo?
Durante años, el ecosistema mediático andorrano ha estado dominado por un número reducido de medios, en muchos casos vinculados —directa o indirectamente— a intereses políticos o económicos. Este contexto ha condicionado la pluralidad informativa y, en consecuencia, la calidad del debate público.
Uno de los elementos más sensibles sigue siendo el modelo de financiación. Las subvenciones públicas, especialmente cuando se articulan a través de campañas institucionales, pueden generar dependencias que acaban influyendo en la línea editorial. Es difícil mantener una actitud crítica con quien financia tu actividad, y este sigue siendo uno de los grandes retos estructurales del periodismo en Andorra.
Sin embargo, la mejora en los indicadores también puede explicarse por la aparición de nuevos actores mediáticos que intentan romper con las dinámicas tradicionales. No todos lo han conseguido.
Algunos han contribuido más a la polarización que a la pluralidad, actuando como instrumentos de intereses particulares. Pero también han surgido proyectos que apuestan por una línea más independiente, crítica y abierta.
En este contexto, iniciativas como La Veu Lliure —con apenas ocho meses de trayectoria— representan una nueva manera de entender el periodismo: más directa, más exigente con el poder y más conectada con la realidad del país. Contenidos recientes, como la entrevista a Gerard Piqué, evidencian una voluntad de romper con los moldes establecidos.
Ahora bien, sería simplista atribuir esta mejora únicamente a los medios. La ciudadanía desempeña un papel fundamental. Sin lectores críticos, activos y comprometidos, no hay verdadera libertad de prensa. Son los usuarios quienes amplifican, cuestionan y dan sentido al trabajo periodístico.
Al mismo tiempo, es evidente que el sector vive un cambio de ciclo. Algunos medios tradicionales han perdido credibilidad, frescura y conexión con la sociedad. En paralelo, emergen nuevos proyectos que entienden que el futuro pasa por fiscalizar al poder, no por acomodarse a él.
No hay que ignorar tampoco las presiones que siguen existiendo. En un país pequeño como Andorra, el ejercicio del periodismo crítico implica tensiones constantes que rara vez trascienden al gran público. Pero precisamente por eso, la exigencia debe ser mayor.
Por todo ello, más allá de celebrar la subida en el ranking, conviene interpretarla como un punto de partida, no de llegada. La libertad de prensa es un equilibrio frágil que requiere vigilancia constante. Y en ese camino, los medios que mantengan su independencia serán los que realmente marquen la diferencia.